miércoles, 20 de febrero de 2013

Relato finalista y un sospechoso vídeo...


Escuchamos un ruido... Nos damos la vuelta y ahí está. Uno de los relatos finalistas del concurso Yo sobreviví al fin del mundo y un vídeo que nos ha enviado un amigo de Otros Mundos: http://youtu.be/DMvgLrrtMrA

El mundo de los niños perdido
por Laura Tejada

Finalista del concurso Yo Sobreviví al Fin del Mundo

Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse entre el ramaje del bosque, el sonido de unas pisadas quebró el mortecino silencio de la mañana. Las botas de piel se hundían en la nieve con cada paso que daba su dueña, cuya silueta, oscurecida por el color negruzco de sus ropas, manchaba la blancura casi total que reinaba en la helada espesura.
Finalmente, al llegar a su destino, se detuvo.
Con un suspiro cansado, se agachó para contemplar más cómodamente lo que tenía ante sí. Sus rasgados ojos color tierra, enmarcados por una pálida tez femenina, observaron con satisfacción la presa capturada por la trampa que ella misma había dispuesto la tarde anterior.
Era una liebre de pelaje mullido y bien alimentada que, junto a las dos ardillas que ya llevaba a buen recaudo en su zurrón, le daría de comer durante varios días.
Erika, que así se llamaba la joven, no podía estar más satisfecha. Durante el invierno era muy difícil encontrar algo que llevarse a la boca, sobre todo cuando contaba con tan escasas horas de luz para moverse por el bosque. En alguna ocasión se había encontrado a la intemperie tras el anochecer, pero no había sido por su propia voluntad. Nadie en su sano juicio salía al anochecer.
Nadie que quisiera seguir con vida.
La noche pertenecía a los Carroñeros; así era como Erika los llamaba. Después de que la enfermedad se extendiera por todos los rincones del mundo; después de que miles de millones de personas murieran infectadas y las ciudades quedaran desiertas; incluso después de que cualquier resquicio de civilización se consumiera; mucho, mucho tiempo después, los Carroñeros eran el mayor miedo de cualquier ser humano tras la enfermedad.
Se movían en grupos, de unos cuatro o cinco componentes, en su mayoría hombres, y vagaban como nómadas, aprovechando la oscuridad para cazar animales y saquear personas. Erika los había visto en más de una ocasión. Había presenciado cómo robaban y asesinaban, y había visto lo que les hacían a los niños...
Todos sabían que eran ellos, los niños, los que transmitían la enfermedad. Cuando la muerte se desató y llegó el fin de todo cuanto conocían, los adultos dejaron de protegerlos. El terror a infectarse provocó que a muchos de ellos los dejaran atrás, a merced de los Carroñeros y a sabiendas de que estos los ejecutarían en cuanto los encontraran.
Era una realidad dura, pero era la realidad. De hecho, Erika ya ni siquiera recordaba cómo era el mundo antes, solo sabía cómo era ahora: solitario, frío y cruel. No había pasado, ni futuro. Lo único que importaba era el presente, y la única regla imperante era sobrevivir. Por eso Erika se arriesgaba a salir de su guarida cada amanecer y se mantenía oculta durante la noche. Por eso se sentía tan contenta mientras recorría el camino de regreso a su cabaña, con aquellos animales muertos a buen recaudo en su zurrón. Tener alimento para dos o más días enteros era todo un privilegio, significaba que no tendría salir ni encontrarse en peligro. Sin embargo, aquella mañana, el peligro estaba a punto de encontrarla a ella.
Frente a la entrada de su pequeño refugio camuflado por la nieve, vio una figura menuda que intentaba hallar un modo de entrar desesperadamente. De inmediato, Erika desenfundó su cuchillo y muy lentamente se acercó al intruso, procurando hacer el menor ruido posible. Lo cogió de la parte de atrás del abrigo y lo apartó de la cabaña con un fuerte empujón, arrastrándolo más de un metro de ella.
Sorprendida por lo poco que pesaba, Erika no dejó de amenazarlo con su arma, dispuesta a defender su guarida con uñas y dientes.
—No te atrevas a dar un solo paso —le amenazó al ver que se levantaba y se disponía a huir—. Date la vuelta —le ordenó.
Entonces, cuando el escurridizo intruso se volvió hacia ella, mirándola directamente, sintió que el corazón le daba un vuelco.
Era un niño.
Tendría unos doce años y parecía alto para su edad. Estaba muy delgado y tenía un rostro infantil de piel pálida, nariz pequeña y mejillas recubiertas de pecas. Varios mechones de cabello negro se adherían a su frente sudada, cruzando el celeste de unos ojos endurecidos por el paso del tiempo que se afanaban en ocultar un temor profundo y angustiante.
Durante un momento, el silencio tejió una red de dudas y sorpresa entre ambos, y Erika sintió que el miedo la embargaba. Hacía casi un año que no veía a un solo niño; y aquel podía estar infectado… Incluso el mismo aire que los dos respiraban podía estar infectándola a ella en ese preciso instante.
—Enséñame el pecho —le ordenó, aún con el cuchillo en la mano, pues todos sabían que el primer síntoma de la enfermedad era la aparición de rojizas pústulas por todo el torso.
El niño, nervioso, pareció dudar un segundo, pero luego abrió su abrigo y sus ropas con resignada obediencia, mostrándole la blanca piel de su desnutrido cuerpo, completamente sana en apariencia.
Erika estuvo a punto de decirle que se marchara, pero entonces oyó unas voces gritar en la lejanía y miró al chico alarmada, descubriendo en él una mirada de pavor y súplica. Supo, sin mediar palabra, que los Carroñeros lo estaban persiguiendo. Su frente estaba perlada de sudor y su respiración agitada, como si hubiera estado huyendo toda la noche. También comprendió, al mirar aquellos celestes ojos aterrados a punto de quebrarse en lágrimas, que le estaba pidiendo ayuda.
Erika se debatía entre un terrible dilema: si ayudaba al chico se arriesgaba a infectarse y a que los Carroñeros la mataran al creer que estaba enferma, pero si lo abandonaba, ellos lo ejecutarían como a un animal.
Su mente se convirtió en un hervidero de sentimientos y raciocinios que luchaban febrilmente por alzarse vencedores, pero los gritos que clamaban la cabeza de aquel niño estaban cada vez más cerca; se le agotaba el tiempo…
—¡Ahí está! —exclamó uno de ellos, que acababa de verlos.
Llevada por un impulso, Erika cogió al chico del brazo y comenzó a correr todo lo rápido que fue capaz. Mientras los dos avanzaban desesperadamente, sabiendo que huían por sus vidas, oyó el estruendoso sonido de un arma al dispararse y al instante un terrible dolor apuñaló a Erika en el costado, arrebatándole un grito de dolor. Pero ella no se detuvo, siguió corriendo sin soltar al chico, negándose a morir.
Por suerte para ambos, la espesura del bosque se hizo más intensa a medida que lo atravesaban y encontraron refugio en la ladera de una escarpada pendiente repleta de árboles, cuya forma cóncava les haría invisibles a ojos de sus perseguidores. Los dos permanecieron allí varios minutos, atentos a cualquier ruido, hasta que, tras lo que pareció ser una eternidad, los Carroñeros siguieron adelante y se perdieron en la lejanía.

Erika intentó levantarse, pero subestimó el dolor de su herida y volvió a caer al suelo profiriendo un quejido.
—Déjame ver —le dijo el chico acercándose a ella.
—No me toques —le espetó con brusquedad.
El chico entrecerró ligeramente sus ojos celestes con gesto indignado.
—Solo trato de ayudarte —le recordó.
—¿Ayudarme? —dudó Erika con una risa sarcástica mientras se levantaba muy lentamente—. Es por tu culpa por lo que estoy herida y posiblemente infectada.
—¡Yo no estoy enfermo! —bramó él con el rencor aflorando en su voz.
—Eso no lo sabes. —Cogió su zurrón y se dispuso a regresar a la cabaña.
—¿A dónde vas? —le preguntó el chico—. Si vuelves te encontrarán. —Erika siguió caminando con lentitud—. Eres una ilusa si crees que los Carroñeros no han saqueado y destrozado ya tu refugio.
La joven se detuvo, impotente al saber que llevaba razón, y se giró hacia él con una expresión severa.
—¿Y qué pretendes que haga? ¿Acaso tienes tú un lugar mejor al que volver?
—Sí —respondió con seguridad.
—¿De veras? ¿Y qué lugar es ese? —le preguntó de forma hostil.
—Es un campamento. Está en una isla, al norte de aquí. —El chico se levantó y sacudió la nieve de su ropa—. Allí tienen medicinas; curan a la gente. Y tú necesitas que te curen, porque sabes tan bien como yo que con esa herida no pasarás de este día.
Erika miró al muchacho repleta de rabia y resignación al comprender que, en su estado, necesitaría su ayuda si quería sobrevivir. Requirió de un largo momento para asimilar la situación en la que se encontraba.
—¿Cómo te llamas? —inquirió ella al fin, con la voz impregnada de desidia.
—William —le dijo él, acercándose.
—Pues si quieres llegar a ese campamento vas a tener que ayudarme a caminar, William.
El muchacho se puso a su lado y la sostuvo por la espalda, dejando que ella se apoyara sobre su hombro.
—¿No vas a decirme tu nombre? —quiso saber él.
—Erika —dijo quedamente—. Mi nombre es Erika.
Y sin decir una palabra más, ambos emprendieron la marcha hacia el norte, donde la muerte podía estar aguardándoles. Erika no creía que existiera tal campamento, y si existía, dudaba que pudiera confiar en quienes lo habitaban, pero no tenía más opciones: necesitaba medicinas si no quería morir. Por ello, caminó ayudada de aquel chico durante toda la mañana, deteniéndose únicamente a tomar un bocado para recuperar fuerzas.
William cocinó la liebre que ella había cazado y fue en busca de agua. Cuando reanudaron la marcha, volvió a colocarse a su lado para ayudarla a caminar y no se quejó una sola vez del peso que cada vez recaía con mayor insistencia sobre sus hombros.
Al llegar la tarde, la joven había perdido todo color en sus mejillas, tenía escalofríos y estaba tan débil que apenas se percató de que, tras alcanzar la costa, varias personas acudían en su ayuda y hablaban con William de lo que había sucedido.
Erika oía sus voces en la lejanía, como si se hallara sumida en un mar profundo, y sentía que su cuerpo se mecía apaciblemente sobre una recia superficie.
—Vamos…, tienes que aguantar —le decía William, mojándole el rostro para que volviera en sí.
Ella abrió los ojos con esfuerzo y pudo ver que se encontraba en una barca llevada por un desconocido. Asustada, hizo el débil ademán de huir, pues creyó que se trataba de un Carroñero, pero en ese instante distinguió el lugar al que se dirigían y una absoluta perplejidad la invadió.
Más que un campamento, lo que se erigía sobre la isla parecía una pequeña aldea habitada por un centenar de personas. Pero lo que casi la dejó sin aliento no fue aquel lugar, sino que en él, corriendo y jugando como si nada importara, vivían niños. Niños que colmaban el aire con sus risas preñadas de inocencia y felicidad; niños que no se escondían, a los que nadie temía. Niños siendo niños.
A Erika le pareció que la vida la llenaba de nuevo y una lágrima se deslizó por su mejilla. No podía dar crédito a aquella imagen. Era como si, de repente, pudiera existir un futuro; como si el fin del mundo se hubiese desvanecido para dar lugar a un nuevo comienzo y por primera vez se pudiese albergar un resquicio de esperanza. Entonces sintió que una mano aferraba la suya y vio los celestes ojos de William sonriéndole. Unos ojos ancianos e ingenuos al mismo tiempo, repletos de la vida que aún les quedaba por vivir.

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